LA TERNURA DEL PADRE

 

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    El 10 de agosto, el Padre es autorizado de nuevo a celebrar la misa en la iglesia del convento, mientras que el 21 del mismo mes retoma las confesiones.
   "La curación del 6 de agosto de 1959 se manifiesta realmente como un hecho extraordinario y milagroso. Tanto es verdadero que el mismo Padre confía de sentirse "sano y fuerte como no lo fue nunca stato".
   Sólo con el tiempo se comprenderá que esta alegría temporal concedida por la Madre de Dios a su Sirvo fiel, representa una especie de monte Tabor frente al Calvario que espera el fraile en los años siguientes. Pero aquí se abre un nuevo capítulo, una de los más dolorosos de la vida de Padre Pio de Pietrelcina.
  

   De Cleonice Morcaldi y de su extraordinaria relación espiritual con Padre Pio muy se ha hablado. Y Cleonice ha dejado, en su diario, frases escuchadas por el Padre, pequeños pensamientos, reflexiones que constituyen igualmente perlas que aún más lo encuadran gran ternura, la sensibilidad, la delicadeza de ánimo de un fraile que parece huraño pero que en realidad es el más tierno de los Padres.
   La muerte del  médico Sanguinetti, estrecho colaborador de Padre Pio en el Proyecto de la Casa Alivio del Sufrimiento, viene tan descrita por Cleonice en su escrito:

   "Recuerdo el dolor que el Padre sintió a la muerte de su querido hijo espiritual, el doctor Sanguinetti, que tanto quiso y tanto trabajó por su obra, la Casa Alivio. Yo estuve en su casa cuando el Padre llegó acompañado por un cofrade. Vimos al Padre acercarse a la cama del difunto, arrodillarse, abrazarlo y rogar. Cuando se levantó, después de una decena de minutos, su rostro fue mojado de lágrimas" (Cleonice Morcaldi) .
   Cleonice Morcaldi ha sabido dejarnos tesoros de palabras, de frases, de breves comentarios salidos por los labios de Padre Pio y que ahora repetimos a alguien de ello. Son diálogos, cambios de experiencias espirituales en los que resuenan los floretes del Santo de Asís. Comunico, aquí en seguida, algunos de estos diálogos entre Cleonice y Padre Pio:
 

   - Cuando ofrezco algún florete a Jesús digo que no me dé el premio. Basta ya que lo quieres"
   - Es inseparable el mérito de una buena acción que se cumple para el Dios.
 

   - Me has dicho que Jesús está contento. ¿Pero de qué, si no hay nada bueno en mí?
   - Hay su amor y la divina complacencia. ¡Exulta!
 

   ¿- Es prudente retomar un hombre que blasfemia?
   - Y' santo y justo.
 

   - Cuantos sentimientos impuros me vienen. Temo de ofender a Jesús.
   - ¡Acábala con estos pensamientos! Recordados que no es el sentimiento que constituye la culpa;  pero el consentimiento a semejantes sentimientos. La sola voluntad libre es bien capaz de bien y de mal. Pero cuando la voluntad gime bajo la prueba del tentador y no quiere lo que le es presentado, no sólo hay no culpa, pero hay virtud. ¡Ofrece este a Jesús! No puede no agradecerlo. Recuerda que Dios todo puede rechazarnos en nosotros, porque todo es procedencia de la sangre infecta que circula en nuestro ser, pero no puede rechazar, sin rechazar si mismo, el que es monstruosidad, el deseo sincero de un alma que quiere quererlo, y quiere el mal. No no repetirmelo más. Acábala pues si no quieres experimentar mi dureza, ella que sería demasiado pesado. Vives en paz y no hagas complicarte.
 

   ¿- Quién me dará de siempre serte obediente?
   - El Dios, que es amante de los obedientes.
 

   - ¡Dime una palabra!
   - ¡Abandonados en las manos de Maria! Ella pensará en custodiarte" .
 

   Entre los tesoros manados por el corazón de Padre Pio hay una meditación sobre la Pasión del Dios. Viene aquí propuesta la parte final que es un ruego a Jesús:

   "O Jesús, déme tu fuerza cuando mi pobre naturaleza se revuelve delante de los males que la amenazan, hasta que yo pueda aceptar con amor las penas y las miserias de esta vida de destierro. Yo adhiero con todas mis fuerzas a tus méritos, a tus penas, a tus inspiraciones, a tus lágrimas, para que yo pueda trabajar contigo a la obra de la salvación y que yo tenga la fuerza de huir el pecado, única causa de tu agonía, de tu sudor de sangre, de tu muerte. Me destruyes en mí todo lo que te siente e imprimas en mi corazón, con el fuego de tu santo amor, todos tus sufrimientos. Abrázame tan íntimamente, con un apretón dulce y fuerte, que te dejas jamás solo en tus crueles tormentos. Yo no domando sino un solista descanso: sobre tu Corazón. No deseo que una sola cosa: participar en tu santa Agonía. ¡Pueda mi alma embriagarse tu Sangre y alimentarse pan de tu dolor! Amén" (Epistolario).

 

A la izquierda tras al Padre, Cleonice Morcaldi, su hija espiritual


 

 

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