La década entre 1952 y 1962 es para Padre Pio de
Pietrelcina uno de los períodos más atormentados de su existencia. Las
muchedumbres acuden en masa a S. Giovanni Rotondo. Pero no son sólo almas
sedientas de la Palabra de Dios o de Señales sobrenaturales. También hay
curiosos nunca interesados a la razón de la fe. Y si de una parte se
certifica auténticamente la búsqueda de una vida cristiana, de lo otra se
llega a unas exageraciones que caen a menudo en el fanatismo religioso.
Sino, en todo esto, Padre Pio es siempre si mismo, estando entre
las muchedumbres, reconciliando cada día muchos pecadores con Dios, pero
viviendo su relación con Dios como si todo el alboroto que se averigua
alrededor de no se lo conciernes.
Su vida siempre es ritmada por el ruego: de este íntimo relato con
Dios que para nada parece ser distraído por la confusión de la gente. Y la
mejor definición de si mismo, él la da a Attilio Crepas, periodista de
"Stampa Sera": "¡Quiero ser solamente un pobre fraile que ruega", .