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LAS LLAGAS DEL CRUCIFIJO  

   Después del la transverberación, otros extraordinarios fenómenos místicos se preparan para el fraile de Pietrelcina. Gracias acompañadas por grandes sufrimientos de cada género.

   El 17 de octubre, mientras es a cama por la fiebre española, así manifiesta a padre Benedetto de S.Marco en Lamis, su estado de ánimo:

   "Tengo pasado y paso horas terribles y tristes; físico y moral ya se dan muerte a cada momento. ¡Dios es desconocido a mi espíritu! ¿O bien de mi alma, dónde estás? ¿Adónde te has ido a esconder? ¿Dónde hallarte? ¿Dónde buscarte? ¿No ves, o Jesús, que mi alma te quiere sentir a cada coste? Te busca de por cada donde, pero no te haces encontrar si no en la llena de tu furor, llenándola de una extrema  turbación y amargura, dándolas a entender cuánto se conviene y cuánto te se pertenezca. ¡Qué vale a expresar la gravedad de mi posición?! Bien mi! me eres privo para siempre?! Tengo un ganas de gritar y de lamentarme con voz excelentemente fuerte, pero soy débil y no me acompañan las fuerzas. Y mientras tanto cosa me haré nunca si no hagas subir a tu trono este quejido: Mi Dios, mi Dios, por qué me has abandonado?...... Sarà necesario que yo pronuncio el fiat en contemplarnos aquel misterioso personaje que impiagò todo y no desisto de la dura, áspera, aguda y penetrante operación, y no da tiempo al tiempo que venga a cicatrizar las llagas antiguas, que ya sobre de este viene a abrir de las nuevas con infinito suplicio de la pobre víctima?" (Epistolario I, p. 1089 s.)
 

   La descripción de este "personaje" que mucho hace sufrir a padre Pio despierta la curiosidad a padre Benedetto que, dos días después, le escribe al fraile preguntándole: "Mi hijo, dígame claramente todo, y no por señas. ¿Qual'è la operación del personaje? ¿de dónde corre la sangre y cuántas veces al día o a la semana? ¿qué ha ocurrido a las manos y a los pies, y como? Quiero saber detalladamente todo y por santa obediencia".

   La carta de Padre Pio no se hace esperar. El 22 de octubre así él le escribe a su Director espiritual:

   "¿Qué decirvos a respeto de lo que yo dimandate del como haya ocurrido mi crucifixión? ¡Mi Dios, que confusión y que humillación yo pruebo en deber manifestar lo que tú has obrado en esta tu mezquina criatura! Fue la mañana del 20 del pasado mes en coro, después de la celebración de la santa misa, cuando fui sorprendido por el descanso, parecido a un dulce sueño. Todos los sentidos interiores y externos, no que las mismases facultades del alma se encontraron en una quietud indescriptible. En todo esto hubo total silencio alrededor de mí y dentro de mí; cuyo sucedió enseguida completamente una gran paz y abandono a la completa privación y un pose en la misma ruina. Todo esto ocurrió en un instante. Y mientras todo esto fue obrando, me vi adelante un misterioso personaje, parecido a aquel visto la tarde del 5 de agosto, que diferenció en esto solamente que tuvo las manos y los pies y el costado que chorreó sangre. Su vista me aterroriza; lo que sentí en aquel instante en mí no sabría decirvoslo. Me sentí morir y habría muerto si el Dios no hubiera intervenido a sustentar el corazón, el que me lo sentí saltar del pecho. La vista del personaje se aparta y yo me enteré que manos, pies y costado fueron horadados y chorrearon sangre. Imagináis el suplicio que experimenté entonces y que voy experimentando continuamente casi todos los días. La herida del corazón gitta asiduamente de la sangre, especie del jueves a tarde hasta al sábado. ¡Mi padre, yo muero de dolor por el suplicio y por la confusión subsiguiente que yo pruebo en el íntimo del alma. Temo de morir desangrado, si el Dios no escucha los gemidos de mi pobre corazón y con el retirar de mí esta operación! Me hará esta gracia Jesús que es mucho bueno?" (Epistolario I, p. 1093 s.).
 

   La noticia de los estigmas de Padre Pio es comunicada, por los superiores, al ministro General de los Capuchinos. Mientras tanto, a pesar de todas las cautelas y la prudencia del caso, la noticia sale fuera del convento de S. Giovanni Rotondo y se propaga en el país, y de aquí, en los Puglie, en toda Italia y en el mundo. Y las llagas son vistas, por las muchedumbres, como el "Dedo" de la Presencia de Dios. Mucha gente quiere ver al fraile y asistir a su misa.
 

   Él continúa, mientras tanto, a vivir su martirio físico y espiritual. Una oblación que, en el dolor, se pone cada vez más pura y hacha a Dios. He aquí como manifiesta además a padre Benedetto, el 20 de diciembre, sus íntimos sentimientos:

   "Un fuego devorador me invierte todo y todo me tiene en doloroso deliquio. Las espesas tinieblas me implican todo; una fuerza potente de ser casi invisible me dispersa; y mientras intento a recoger los restantes extraviados de mis facultades, todo vuelve a extraviarse y es triturado como y anulado completamente. ¡Mi Dios! te soy a en profunda confusión; a ti que eres aquellos que eres. Yo.... nada mezquino, digno sólo de tu desprecio y de tu conmiseración; pero... reflejo que tengo que hacer con el Dios, que es mío. ¡Ay! ¿él, y quién quiere contendermelo?".

   Y volviendo a sus llagas , en la misma carta confesa:

   "Padre, el suplicio que siento en el ánimo y en el cuerpo por las operaciones ocurridas y que siempre persisten, cuándo tendrán fin? Mi Dios, mi padre, yo no puedo de ello más. Me siento morir de mil muertos en cada instante. Me siento devorar de una fuerza misteriosa, íntima y penetrante que siempre me tiene en un postre pero doloroso deliquio" Epistolario, I, p. 1105).
 

   Graziella Forgione, hermana de padre Pio, ha querido seguirlo en la calle de la consagración total a Dios, haciéndose monja del orden del Salvador (Brigidinas) con el nombre de Pia. Está en Roma, en el monasterio de los Brigidine ella conocerá, luego, una hija espiritual de su hermano, Margherita Tresca de Barletta que desde hace tiempo, aunque obstaculizada por la familia, quiso ofrecerse toda al Dios, y después de haber superado muchas dificultades, por fin podrá realizar su vocación.

   Padre Agostino que ha tenido ocasión de irle a encontrar, escribe el 2 enero del 1919 a Padre Pio: "...le vi a Margherita: están bien todo y dos y están contentas. monja Pia me ha dicho que no ha sufrido nunca en la salud; por tanto tú no tienes que preocuparte, pero rogar para ella y para las otras que se entregan a tus oraciones".
 

 

 

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